viernes, 21 de febrero de 2014

El lobo de Wall Street: salvaje, inmoral y real


El dúo Scorsese y DiCaprio vuelven a juntarse para liarla en Hollywood. En un tono de semi-monólogo interior, se ponen en la carne de Jordan Belfort, quien transpirando ambición por cada poro de su piel se abrió paso entre pastillas y dinero hacia uno de los mayores timos en bolsa de la historia. Forrado, sin escrúpulos ni límites, DiCaprio pone voz a una historia real que no se corta a la hora de estafar y exprimir la vida en una fiesta sin fin en El lobo de Wall Street.


La historia nos traslada a los años 90, donde un joven emprende una fructífera carrera como bróker, con el único objetivo en mente de hacer dinero. Impresionado por la facilidad con que todo sigue su curso, una caída vertiginosa de la bolsa lo devuelve a la realidad.


Pero Belfort (Leonardo DiCaprio) no se rinde. Tras haber estado a punto de saborear grandes cifras y codearse entre clientes importantes, empezar de nuevo en una empresa de segunda podría hundirle la moral. No obstante, en su afán por el poder, descubre que con la manipulación adecuada, los llamados bonos basura pueden cambiar su vida. 

Ganando lo suficiente para tener un nivel de vida medio, se cruzará en su camino un joven impulsivo (Jonah Hill), dispuesto a emprender una aventura de negocios para que la suerte y el dinero estén a su favor. Dicho y hecho. Con unas cuantas clases sobre decir las palabras correctas en el momento oportuno, un grupo de personas sin cualificación especifica de la materia, abordarán el concepto bróker para enriquecerse a costa de los demás.
 

La ambición, el gran protagonista real de esta historia, domina en sus almas codiciosas, por lo el único camino posible para su modesta empresa es llegar a la liga superior: competir con los gigantes de la bolsa de Nueva York. 

Y así, a medio camino entre lo legal y lo disparatado, mezclando stripers con bonificaciones, drogas con extras laborales, y dinero con beneficios desorbitados a costa de los más ricos, la empresa entrará en una vertiente que combina crecimiento desorbitado con depravación inmoral. 


El ritmo de ascenso llamará la atención del brazo de la ley, peligrando el nombre de la marca y los millones amasados por los directivos. La trayectoria de una persona, que únicamente con ganas y determinación logro escalar (pese a sus métodos reprochables), en tamaño de cartera. 


Su faceta de orador, no solo inspiró a muchos otros a confiar en su labor, sino que los condujo directamente al éxito personal que anhelaban en su vida, proporcionándoles después la seguridad necesaria (y los medios) para luchar en un mundo de depredadores.


El estilo visual de la película, desenfadado, realista y ausente de censura, nos acerca a la vida de una de las mayores condenas por estafas. Impulsado por el deseo y el poder, retado por la Ley a encontrar formas de sobrevivir en un mundo basado en reglas diferentes, el protagonista vive y transmite tanto los sueños, como las ambiciones y los miedos.

La familia, impregnada por las adicciones de Jordan, se ve sumida en un juego a escala internacional, donde cada miembro estratégico tiene un papel esencial. Una vida puesta al límite cuyo botón de frenado ha sido arrancado lentamente a través del tiempo por el arrojo de las ansias. El dominio del dinero y la necesidad de alimentar un alma que no se conforma con vivir, sino que devora a su paso, irán sucumbiendo a las limitaciones de un cuerpo moral en el mundo real. 


Scorsese lo ha vuelto a hacer, esta vez con una película biográfica que rompe todas las reglas sociales, incluso con un metraje excesivo y una temática (in)humana dentro del ámbito de las finanzas. 

Ha logrado elevar su talento a una película que cumple con su habitual nivel y supera la confrontación con el público (además de los beneficios, pues ya es la más rentable de su filmografía): desde el otro lado de la pantalla nos cautiva por su salvajismo inmoral, mientras nos impacta con una lección de historia.


“El mundo es un negocio. Y una selva.”

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