domingo, 8 de diciembre de 2013

12 años de esclavitud: una vida sin libertad

Era un día especial. Sensacine nos había invitado a todos los amigos bloggers en una sala para celebrar otro año de buen cine de la mejor forma que conocemos: con una sesión matinal. La elección de la película fue todo un acierto: 12 años de esclavitud, favorita en la quiniela de los Oscars del 2013. Un drama basado en una historia real que provoca un viaje en el tiempo emocional y moral, a una época donde el ser humano de color era considerado una mera propiedad a disposición de su amo. Un camino empedrado de una vida cuyas experiencias son el reflejo de una sociedad que, anclada en los prejuicios, usa mano dura para moldear el espíritu personal de todos aquellos que somete bajo su látigo. Con una belleza visual que se deshace lentamente en los paladares más refinados, la dureza de la historia nos devuelve a un relato en primera persona que sobrecoge.


Solomon Northup (Chiwetel Ejiofor) es el protagonista de este film. Músico y libre, goza de cierta estima social en sus entornos de New York, donde vive tranquilamente con su esposa y sus dos hijos. Su odisea por sobrevivir comenzará cuando conozca a dos feriantes que le proponen unirse a un espectáculo. Entre copas, perderá la noción del tiempo hasta que dura realidad le golpee con fuerza. Ha sido secuestrado y arrebatado a la fuerza de su vida. Obligado a olvidar, será vendido como esclavo para trabajar a las órdenes del mejor postor.


Rodeado de miseria, sumisión y tristeza, su primer amo resulta ser un hombre que se fija en el potencial y no en el color de su piel (aunque esta esté siempre presente). es el encargado de representar este papel de forma fidedigna, un esclavista que favorece la implicación y el desarrollo personal, encendiendo a su vez la irá de quienes no aceptan a las personas de color como sus iguales.

Gracias a su talento natural para la musica, se ganará el favor y la aceptación de su Maestro, provocando que esa llama del odio se encienda una vez más, y sumada a la desproporcionada pasividad de las personas, nos ofrecerá momentos realmente duros.

 Cuando la educación supone una peligrosa arma, Solomon aprenderá que es mejor reprimirla para seguir con vida en ese infierno que le ha tocado vivir. Cedido a otro dueño con el fin de conservar la vida (si a eso se le puede llamar vivir), el precio a pagar será muy alto.


Alejado de todo trato favorable y humano,caerá en manos de , quien explotará sus posesiones con un objetivo ambicioso y egocéntrico, fundamentado en tradiciones arcaicas y supersticiones. Alimentando sus pasiones más oscuras y con una sed de sangre insaciable, la dureza reflejada en las imágenes te impregna de empatía y te sumerge de lleno en la historia.

Aferrándose al cada vez más débil hilo de esperanza, los planes de fuga de Solomon serán lo único que mantenga viva su fe de volver a ver a su familia. Una vida casi olvidada, en un baúl de recuerdos enterrado muy profundo en su memoria.


Y por si el trato no fuera suficiente, la impasividad mezclada con la supremacía moral arrasa cualquier atisbo de igualdad empírica. Una vida consumida por el deseo y el odio de otros, con la única luz de una justicia divina que hable por ellos.

Sin pretensiones, Steven McQueen (director que ya se ganó mi más que merecido respeto por Shame y Hunger) consigue que el protagonista total de la película sea la historia. Como si de un libro abierto se tratará, con sentimientos sin destilar, la historia no se filtra ni se adorna, más bien se presenta en bandeja, cruda y sin sazonar.



Una película contundente cuyo golpe no te deja KO al instante, sino que va hiriéndote poco a poco, desgarrando esa conciencia para abrir paso a una historia profunda y con sentimiento. Contada con tacto y permitiéndote disfrutar de un film lento y apaciguado en cuanto a ritmo, la brutalidad de algunas escenas te empuja a querer saber como acaba esta historia de una vida arrebatada.

"Yo no quiero sobrevivir, quiero vivir"

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