lunes, 2 de abril de 2012

Análisis de The Man Who Shot Liberty Valance

Hoy rendimos homenaje a un clásico de John Ford (y del cine en general) como es The Man Who Shot Liberty Valance. Un western de los clásicos de todas las vidas, con testosterona que se puede cortar en el ambiente y un trasfondo historico muy interesante sobre la evolución de la prensa, desde un periodico de poca monta hasta el llamado cuarto poder de los Estados Unidos. Y si encima nos lo cuentan con un reparto impresionante, unos flashback que parece que te estan contando un cuento, y (como no podia ser de otra forma en el salvaje Oeste) una historia de amor de por medio, pues nosotros encantados. ¡Vamos allá!




Comenzaremos por destripar la historia inicial del western de John ford. En el caso de The Man Who Shot Liberty Valance nos presenta, al senador Ransom Stoddard (James Stewart) regresando a Shinbone, la ciudad en la que muchos años atrás comenzó su brillante carrera política. La razón, asistir a los funerales de Tom Doniphon (John Wayne), un completo desconocido que hace que un periodista local se pregunte qué relación pudo unir a hombres en apariencia tan dispares. Ante las preguntas del periodista, Stoddard relata la historia, mediante sus recuerdos, de cómo, siendo un joven e idealista abogado, viajó al entonces salvaje oeste. Un salvaje oeste en el que la única ley es la del revólver y forajidos como Liberty Valance (Lee Marvin) atemorizan a los lugareños. Desde ese punto nos muestra una lucha constante entre el poder del más fuerte y la fuerza social, todo ello viendo cómo evolucionan personajes (y dicho sea de paso, la imprenta del pueblo). 

El periodismo aquí es un personaje secundario pero importante, marcando la historia desde el principio con la pregunta de¿quién ha muerto?” que hace el periodista local a fin de obtener una historia en exclusiva. Más adelante (o atrás, según la línea histórica) se nos presenta el periodismo como algo pequeño, pero ya presente incluso en ese pueblo pequeño con una imprenta (el gerente es el redactor, el jefe, y el borracho del pueblo). Según avanza el carisma del protagonista (y narrador de los hechos), la imprenta comienza a tener un sentido más fuerte: habla de noticias de importancia, denuncia las injusticias, y es un periodista el que acompaña al futuro senador a presentar su candidatura cuando todo concluye. Ford nos presenta a un periodista defensor de la libertad de presa, consciente del poder de esta. 

“Yo soy vuestra conciencia, yo soy la débil voz que truena por las noches, soy vuestro perro guardián que aleja a los lobos, yo soy vuestro padre confesor”.

Incluso capaz de dar su vida con honor, por defenderla, presentándole cara al opresor Liberty, incluso sabiendo que puede ser su asesino.

“Liberty Valance tomándose libertades con la libertad, (Silencio) de la prensa”.

 Así tras recibir una paliza de este que casi le cuesta la vida, cuando van a socorrerlo sus palabras fueron:

“Le he hablado a ese Liberty Valance sobre la libertad de prensa”

En estas tres citas extraídas de la película se puede ver claramente que el personaje del periodista trata de retratar a alguien que lucha por sus ideales, que defiende sus ideas (y sus publicaciones) aun cuando estas puedan suponerle un peligro físico, buscando siempre la veracidad, la libertad de información y la libertad de prensa. Desde el punto de vista de la ley, ocurre lo mismo con el senador Ransom Stoddard, creciendo moralmente hasta luchar por sus ideales y por la defensa de una sociedad regida por leyes justas y no por la ley del más fuerte.

Concluida la narración de los hechos que tuvieron lugar en el pasado, confesado y contado a la prensa, es destacable el honor de los periodistas allí sentados que, por admiración a la verdad, romperá cuantas notas ha tomado, a fin de proteger la historia que se convirtió en uno de los pilares que vertebraron la sociedad. John Ford hace ante todo una llamada al honor del periodista y a la creencia de sus valores, en los cuales ha de fundamentarse tanto para recibir una paliza como para romper una historia que podría destruir todo en lo que han creído durante años.

Se puede analizar esta película como una sucesión de contrastes, y así queda claro con lo que ya se ha señalado. Así frente a la ley del desorden y de la fuerza que impera en el Oeste se impone la ley del Estado, con sus leyes y Parlamentos; al mundo analfabeto y supersticioso le sucederá el de la cultura, con sus escuelas y sus códigos; el terreno inhóspito del desierto –tan típico en el primer Ford, y que vemos a lo largo del flash back, reflejado en la imagen del cactus– se convertirá en un jardín de flores, señal del desarrollo; frente a la diligencia asaltada al inicio por los hombres de Liberty encontramos el ferrocarril (“caballo de hierro”, símbolo de la llegada de la civilización a las tierras del Oeste).

Podríamos diferenciar las distintas concepciones de la prensa y su contribución a la democracia. Por un lado, Peabody (EdmondO’Brien) se presenta como un defensor de la libertad de información y –consciente de su poder– no admite que le impongan cortapisas en su labor: se siente guardián de la sociedad, busca la verdad y darla a conocer hasta el punto de estar dispuesto a dar la vida por ella; tiene una madurez, unas convicciones democráticas y unos ideales que le llevan a luchar audazmente y sin cobardía. Por otro lado, tenemos a los periodistas del nuevo Shinbone: también exigen su derecho a informar, pero optan por no publicar las notas recogidas sobre la verdadera historia; deciden sacrificar la verdad en beneficio de la leyenda (“cuando los hechos se convierten en leyenda, ésta no se puede escribir”),… porque no es bueno destruir la fe del pueblo en sus mitos. Al hilo de esta consideración surgen preguntas interesantes para nuestros días: ¿debe la prensa decir siempre toda la verdad de lo ocurrido? ¿Es lícita cierta tergiversación de la historia? ¿Cómo compaginar la verdad y la oportunidad a la hora de publicar? ¿Es audacia o imprudencia dar a conocer determinados comportamientos?

Cinematográficamente hablando poder decir que el hecho de que J.Ford decidiera filmar en blanco y negro ya es síntoma por sí solo del carácter duro y rebelde que lo acompañaría de por vida. Podemos relacionarlo con el hecho de que esta película de género western supone una despedida al antiguo Oeste (en los recuerdos aparecen diligencias y sin embargo en el presente ya van en tren), se despiden de la Ley del Oeste para dejar paso a las leyes, a la justicia, a la libertad de prensa, en definitiva, al cuarto poder. La película refleja un estilo invisible en el que no se percibe la presencia de la cámara, dado el uso de planos en paralelo al suelo, es decir a la altura de una persona normal, dando sensación de estar metidos en la escena.  Su estructura ya no es lineal, y sus personajes no son ya buenos o malos; sin embargo, éstos siguen encarnando los mismos valores patrióticos, llenos de grandes ideales, y con una generosidad y nobleza que ya tenían los de sus primeras películas. Se trata, en definitiva, de un “western crepuscular”, de una reflexión llena de nostalgia y tristeza sobre toda una civilización que ha sido absorbida por la modernidad. Y a su vez sirve de introducción a lo que será el mundo, a la nueva era del periódico, las leyes y la información.

La cámara se mueve lentamente, sin dar mucho dinamismo a la escena. Por ejemplo, siempre que aparezcan los personajes hablando en una habitación, la cámara no se moverá por ella, sino que permanecerá estática, inmóvil, igual que si una persona estuviese ahí quieta, observando lo que ocurre. El gran final de hecho nos desvela que como “meros observadores” nos hemos perdido parte de la escena real (el verdadero asesino de Liberty), pero no se nos oculta ese plano, sino que la cámara nos enfoca desde el punto de vista de otra persona, dando realismo a la situación.

Es importante mencionar también que este director tiene gran experiencia en rodaje en exteriores, como es el magnífico caso de La Diligencia, pero en este caso la mayoría de las escenas están rodadas en interior (un bar, una casa, la escuela, la imprenta, la cocina, el restaurante). Dentro de una habitación es más fácil que el espectador se sienta cómodo e integrado en la escena. Lo que el director trató era por un lado otorgarle el aire de clásico del oeste al film, para que de verdad supusiera una ruptura con la era moderna; y por otro lado integrar al receptor dentro de la historia, que se sintiera atraído no solo por los guiones o identificado con los personajes, sino dentro de la propia escena, que su ojo fuese la cámara.


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